sábado, 18 de octubre de 2008

Las Canciones de Nuestras Vidas II

Cuando me casé con mi marido él hizo un muy lindo video donde representábamos un poco nuestra vida; desde nuestros padres, el nacimiento…la infancia…la adolescencia…cuando nos conocimos, y año a año de novios. Como todo video debía tener sonido, una melodía que lo acompañe. Cada uno eligió para “su parte” de “su vida”, “su canción”; pero hete aquí que faltaba elegir posteriormente aquella que significara algo para los dos, una canción que hable de nosotros, que nos resuene y que nos guste a ambos.
Casi al unísono expresamos: una del calamar. Fue extraño ya que en general (o mejor dicho en particular) con él no nos caracterizamos por compartir el mismo estilo musical.

“Te Quiero Igual” de Andrés Calamaro o “El Calamar” como lo llamamos, representa no solo un momento muy especial de nuestras vidas, sino millones de momentos compartidos y no compartidos que nos hubiera gustado compartir también.
Sus metáforas representan en mí: un más allá de todo; el valor y la imponencia con que el sentimiento más humano y noble te da vuelta la vida y te transforma; te moldea e hipnotiza (al decir de Sigmund Freud); te desnuda; te mata; te desarma y te hace sufrir: “…pero igual te quiero…no me gusta esperar pero igual te espero, primero te quiero igual…”.
La versión en vivo es mi favorita y me desarmo cuando “El Calamar” agrega: “El día que me quieras no habrá más que armonía, endulzará sus cuerdas el pájaro cantor, florecerá la vida y no existirá el dolor”.

Amar implica un más allá de todo, no importa qué ni como; es, y ya. No importa como sea el otro o cuanto merezca nuestro amor, está, y ya. No importa cuanto querremos que desaparezca (o cuanto hagamos para esto), se impondrá nomás.

martes, 7 de octubre de 2008

Las canciones de nuestras vidas

Hace ya bastante tiempo, Facundo me propuso que hiciéramos un post en el que los autores de este blog (todos o algunos) subiéramos una canción que sea muy significativa para nosotros y que escribamos un breve texto explicando el porqué de su importancia. Él me pasó su texto y su canción. Recién ahora yo cumplo con mi parte, y lo subimos.

Una aclaración sobre lo que tal vez en primera instancia puede parecer un problema: los dos elegimos canciones interpretadas por la misma persona. Es lo que tiene ser amigos, a veces los gustos son muy parecidos...

Facundo:

Porque Verónica es el nombre de la primera mujer por la que lloré desconsolado. Porque -cuando escuchaba esta canción- me preguntaba si Calamaro no la habrá conocido y se habrá inspirado en ella, ya que describe su personalidad tal cual.
Porque hoy en día estoy tan lejos de estar enamorado de alguien que me pregunto cómo hice para sentir algo tan noble alguna vez y si en alguna parte de mi interior aún existe esa capacidad.
Porque la canción tiene una poesía increíble, profunda y existencial, capaz de helar la sangre.
Y porque en ella está la frase que mejor describe mis momentos de tristeza: “La vida es una cárcel con las puertas abiertas”. Y también la frase que mejor representa el optimismo del cambio: “Borrar con la mano lo que ayer escribió con el codo”.
Por todo eso, Media Verónica es mi elegida.



Cristian:

No me resultó fácil elegir una canción, porque creo que no tengo una canción especial, sino unas cuantas, y ninguna se destaca particularmente sobre las otras. Pero "Todavía una canción de amor" terminó imponiéndose. Me parece una canción hermosa, por su poesía y su melodía, y además me remite a un momento especial de mi vida, cuando era adolescente, terminaba la secundaria, terminaba una etapa y comenzaba otra... Es una época que recuerdo con muchísimo cariño, me recuerdo rodeado de gente querida, pasándola bien, soñando y proyectando muchas cosas para el futuro. Algunas se cumplieron y muchas no... Pero de eso se trata la vida. Quizá porque el corazón se aferra a lo perdido, porque los ojos que no ven miran mejor. O porque las únicas deudas que valen la pena son aquellas imposibles de pagar. Porque todos, siempre, le debemos a alguien, al menos a una persona en el mundo, una canción de amor...

lunes, 22 de septiembre de 2008

Víctor Lustig, estafador

Rodolfo Walsh escribió que tardó dos años en escribir el cuento “Esa mujer”. Pero no trabajó durante dos años para terminarlo: lo comenzó un día y no lo volvió a tocar hasta otro día dos años después, cuando lo finalizó. Del mismo modo, el acto que tal vez justificara la vida de Víctor Lustig duró dos meses. Pero no se extendió a lo largo de esos dos meses: duró el día de su comienzo y el día de su fin.

Lustig nació, como Kafka, en tierras del imperio austro-húngaro que años más tarde serían parte de Checoslovaquia, en 1890. Fue un hombre culto, desvergonzado, llegó a tener veinticinco identidades y a hablar cinco idiomas y desde los diecinueve años lució en el mentón izquierdo una cicatriz, a causa de que un hombre se enteró de que Lustig mantenía relaciones con su esposa. En 1925 tuvo la brillante y descomunal idea de vender la torre Eiffel, y lo hizo dos veces.

Ya instalado en Estados Unidos, se entrevistó un día con Al Capone. Su falsa fama de hábil operador bursátil e inversionista había llegado a oídos del gángster, quien aceptó recibirlo. Después de un breve diálogo, Capone le dio un fajo con cincuenta billetes de mil dólares.

-Son todos mis ahorros -dijo-. Espero que tengan familia.
-Tendrán hijos varones -respondió Lustig.

Volvieron a entrevistarse dos meses después. El semblante de Lustig era de pesadumbre. Dijo que había perdido todo el dinero; reconoció su fracaso. Capone, como quien habla del clima, comenzó un discurso en el que se refirió a las distintas maneras de torturar a un hombre, del tiempo que un verdugo hábil podía llegar a extender la agonía.

-Defraudé su confianza -interrumpió Lustig-. Pero voy a devolverle su dinero porque no soy un miserable. Envíe a uno de sus hombres para que me acompañe al banco y retiraré dinero de mi caja de seguridad para usted.

Minutos después, Lustig le devolvió al gángster sus cincuenta de los grandes. Nunca mejor empleado el posesivo: le devolvió los mismos cincuenta billetes que Capone le había dado dos meses antes. Nunca los había invertido en ningún lado. Habían pasado una temporada en una caja de seguridad.

-Ahora sí que estoy definitivamente arruinado -dijo Lustig.

Al Capone, mirando de reojo, separó cinco billetes y se los dio como “ayuda”.

Toda la farsa de Lustig tuvo su cenit en ese instante. La representación había sido una preparación para llegar al momento cúspide en que el capo de la mafia se conmoviera y cediera una porción de su fortuna. Fortuna que jamás había estado en riesgo.

Meterse con Al Capone en la Chicago de los años 30 no era un juego de niños; prometerle cincuenta mil dólares que se tenía la seguridad no existirían jamás era temerario. ¿Cuántos hombres serían capaces de poner en juego la vida y prometer fortunas para quedarse apenas con un vuelto? Bueno sería que los villanos de pacotilla de nuestro tiempo, que pretenden -y tantas veces, obtienen- negocios con riesgo mínimo y regalías fabulosas, aprendan de Lustig. Porque sin duda hay un trasfondo de nobleza en la actitud de quien es capaz de poner en juego cosas tan grandes por ganancias tan pequeñas, como quien escribe horas y horas con el solo fin de tener la satisfacción de haber escrito, como quien promete la Luna y el Cielo y las Estrellas nada más que por una sonrisa o por un instante de felicidad, como el héroe dolinesco que tiene la precaución de ser una buena persona y aprender a tocar el piano y convertirse en héroe y estudiar las ciencias y lavarse los dientes y ser considerado y tierno y renunciar a los empleos nacionales, sólo para que saber, cuando una mujer hermosa lo rechace, que ha sido víctima de una injusticia.

En la tragedia de Lustig se presentó la inexorable hýbris de quienes no saben morirse jóvenes. Una ambición desmesurada lo llevó a falsificar 134 millones de dólares y terminó en Alcatraz con una condena de veinte años de cárcel. Murió en 1947 de una neumonía.

viernes, 12 de septiembre de 2008

El bondi y yo

Por la suma de $1,50.- la línea de colectivos 148 (“El Halcón”, para los íntimos) une Plaza Constitución con el centro de Florencio Varela en aproximadamente una hora y quince minutos.
Utilizan sus servicios miles de personas por día, desde los que bajan en Varela hasta los que van a otros lugares del sur del conurbano, como Avellaneda, Bernal o Quilmes.
A partir de las 5 de la tarde, Plaza Constitución comienza a atiborrarse de personas que hacen las filas para tomarse los distintos ramales del 148, filas que pueden llegar a una longitud de 100 metros, ya que en hora pico el servicio es de un colectivo cada 20 minutos. Esto significa que –muchas veces- uno debe dejar pasar 2 o 3 colectivos para poder entrar en uno.
Hasta acá una síntesis del servicio brindado por esta línea de colectivos del cual podemos responsabilizar a la empresa. Pero a continuación noten qué clase de personas viajan en ella:
Existe en Plaza Constitución una casilla en la que expenden los boletos en forma manual, lo cual es un servicio muy loable para los que no cuentan con monedas. Es decir que ahí uno puede ir con un billete de 2 pesos, le dan el boleto y 50 centavos de vuelto, mientras se apresta para ir al último lugar de la fila de 100 metros de la que ya les hablé para subir al colectivo. Por supuesto que –mientras uno perdió tiempo sacando el boleto en forma manual- la fila de espera del colectivo se fue acrecentando, “serán personas que tienen monedas para sacar el boleto por máquina expendedora” piensa uno en su más absoluta inocencia. Lo cierto es que uno llega a la fila con su boleto conseguido en la casilla y, las mismas personas que están delante, se dan vuelta y le dicen al de atrás “voy a sacar el boleto a la casilla, cuidame el lugar”. Es decir que los hijos de re mil perra se ponían en la cola de espera del bondi sin tener monedas, adelantándose a los estúpidos como yo, que hacen una fila previa para sacar boleto y después pretenden quedarse con el lugar conseguido en forma ilegítima para ir a sacar el boleto a la casilla. Es obvio que uno está atrás de ellos en la cola sencillamente porque antes estaba sacando el boleto, que es lo mismo que debieron hacer ellos.
Esta es una lamentable práctica que ya se hizo costumbre en los usuarios del 148 y, ante esto, quiero saber qué les parece que tengo que hacer. Acá van las opciones:
a) Tenés que sumarte a la práctica de ellos y garcarles el lugar a los giles que hacen las cosas como corresponden. Además, como abogado, deberías saber que la costumbre es una de las fuentes de la ley y esto ya es una costumbre.
b) Tenés que decirles que no le cuidás el lugar ni en pedo y que si quieren ir a sacar boleto a la casilla, que después se pongan al final de la cola como hiciste vos (cabe aclarar que esta opción incluye la alta posibilidad de irse a las manos)
c) Tenés que llevar varios bidones de nafta e incendiar Plaza Constitución en un fuego purificador.
Espero ansioso sus sugerencias, las cuales en modo alguno pueden incluir “tomáte el tren”. Quien diga eso, nunca en su vida se tomó el Roca.
Otra cosita ¿ustedes creen que esto de aprovecharse del otro en pequeñas cosas es lo que nos lleva a estar mal como sociedad en los grandes aspectos o no tiene nada que ver?
Por la suma de $1,50.- la línea de colectivos 148 (“El Halcón”, para íntimos) une Plaza Constitución con el centro de Florencio Varela en aproximadamente una hora y quince minutos.
Utilizan sus servicios miles de personas por día, desde los que bajan en Varela hasta los que van a otros lugares del sur del conurbano, como Avellaneda, Bernal o Quilmes.
A partir de las 5 de la tarde, Plaza Constitución comienza a atiborrarse de personas que hacen las filas para tomarse los distintos ramales del 148, filas que pueden llegar a una longitud de 100 metros, ya que en hora pico el servicio es de un colectivo cada 20 minutos. Esto significa que –muchas veces- uno debe dejar pasar 2 o 3 colectivos para poder entrar en uno.
Hasta acá una síntesis del servicio brindado por esta línea de colectivos del cual podemos responsabilizar a la empresa. Pero a continuación noten qué clase de personas viajan en ella:
Existe en Plaza Constitución una casilla en la que expenden los boletos en forma manual, lo cual es un servicio muy loable para los que no cuentan con monedas. Es decir que ahí uno puede ir con un billete de 2 pesos, le dan el boleto y 50 centavos de vuelto, mientras se apresta para ir al último lugar de la fila de 100 metros de la que ya les hablé para subir al colectivo. Por supuesto que –mientras uno perdió tiempo sacando el boleto en forma manual- la fila de espera del colectivo se fue acrecentando, “serán personas que tienen monedas para sacar el boleto por máquina expendedora” piensa uno en su más absoluta inocencia. Lo cierto es que uno llega a la fila con su boleto conseguido en la casilla y, las mismas personas que están delante, se dan vuelta y le dicen al de atrás “voy a sacar el boleto a la casilla, cuidame el lugar”. Es decir que los hijos de re mil perra se ponían en la cola de espera del bondi sin tener monedas, adelantándose a los estúpidos como yo, que hacen una fila previa para sacar boleto y después pretenden quedarse con el lugar conseguido en forma ilegítima para ir a sacar el boleto a la casilla. Es obvio que uno está atrás de ellos en la cola sencillamente porque antes estaba sacando el boleto, que es lo mismo que debieron hacer ellos.
Esta es una lamentable práctica que ya se hizo costumbre en los usuarios del 148 y, ante esto, quiero saber qué les parece que tengo que hacer. Acá van las opciones:
a) Tenés que sumarte a la práctica de ellos y garcarles el lugar a los giles que hacen las cosas como corresponden. Además, como abogado, deberías saber que la costumbre es una de las fuentes de la ley y esto ya es una costumbre.
b) Tenés que decirles que no le cuidás el lugar ni en pedo y que si quieren ir a sacar boleto a la casilla, que después se pongan al final de la cola como hiciste vos (cabe aclarar que esta opción incluye la alta posibilidad de irse a las manos)
c) Tenés que llevar varios bidones de nafta e incendiar Plaza Constitución en un fuego purificador.
Espero ansioso sus sugerencias, las cuales en modo alguno pueden incluir “tomate el tren”. Quien diga eso, nunca en su vida se tomó el Roca.

lunes, 18 de agosto de 2008

Presentamos la Copa "Teoría del Chancho"

Apenas nos enteramos de que Clarín volvía a lanzar su mítico "Gran DT" -como no podía ser de otra manera, aggiornado a los tiempos: por internet-, miles de personas sentimos renacer un cierto espíritu entre ingenuo y apasionado y adolescente, y mentalmente nos pusimos a pensar en jugadores, estrategias, a recordar cuando elegíamos a Trotta y a Pedro Barrios porque eran defensores que metían muchos goles, cuando éramos tan felices porque el jugador que habíamos puesto casi por completar el equipo con la guita que nos quedaba era la figura de la cancha...

Bueno, la cuestión es que retorna El Gran DT, y este blog creó el torneo de amigos Copa "Teoría del Chancho", que dirimirá al mejor director técnico de entre quienes frecuentamos este cochino espacio. Por el momento, el torneo cuenta con dos equipos: Club Atlético Cementerio Académico, de Facundo Salvatore, y Varela Fútbol Club, de quien escribe estas líneas. Y por medio de este post invitamos a todos los que quieran participar y competir con nosotros; el que esté interesado, que deje un comentario o nos mande un mail, y le diremos cómo sumarse.

¡Y que viva el fóbal!

sábado, 9 de agosto de 2008

200 años

Las grandes ciudades del mundo tienen un monumento que las identifican.
New York tiene a La Estatua de la Libertad, Roma al Coliseo, Sydney a su majestuoso Teatro de la Ópera y Florencio Varela –lugar en el que habito- posee esta maravillosa obra arquitectónica:


Ustedes se preguntarán qué demonios es eso. Se trata de un monumento cuyo reloj digital contabiliza la cantidad de días que faltan para el 9 de julio del año 2016, día en que nuestra Nación cumplirá 200 años de independencia.

¿Y para qué sirve? Esteeemmm… para nada, pero seguramente el día en que ese contador digital esté en cero, todos los varelenses nos reuniremos a sus pies para festejar el bicentenario de nuestro país junto con el Intendente que nos gobierne en aquél entonces (que, dicho sea de paso, seguramente será el mismo de ahora, ya que ocupa su cargo desde el año 1991).
¿Y por qué mejor no programan el contador para el 25 de mayo del 2010, que se cumplen 200 años de la Revolución de Mayo y no se corre el riesgo de que se arruine el monumento durante todo este tiempo? Esteeemmm… seguramente porque la Revolución de Mayo no fue más que una revolución de burgueses y no del verdadero pueblo. Creo que debe ser por eso.
¿Y porqué instalar ese monumento ahora, cuando todavía faltan 8 largos años para el día del festejo y se corre el riesgo de que el contador se rompa? Esteeemmm… creo que me están llamando.
¿Y qué sentido va a tener ese contador después del 9 de julio del 2016? Facundo, el que no se hequiboca, aparece como desconectado y puede que no conteste.

sábado, 2 de agosto de 2008

Parecidos dolorosos

En España hace mucha gracia la palabra “chancho”, porque no la conocen: sólo usan la palabra “cerdo” para referirse al animal que es una deidad para este blog. El cuento se llama “Los tres cerditos”, si alguien hace algo asqueroso los demás dicen “qué cerdo eres” y no hay sinónimos para llamar al guarda del tren. Bueno, en realidad la lista de cosas que se llaman de distinta forma sería casi interminable. Por ejemplo, a los Muppets los llaman “los Teleñecos” y la Rana René se llama “Rana Gustavo”. La que sin embargo se llama igual es Piggy, que es –por motivos que no hace falta explicar– el muppet preferido de este blog.

Al pensar en la señorita Piggy recuerdo a una ex compañera de trabajo, muy bonita ella aunque descontenta con lo muy respingado de su nariz. Es que esta característica causó, durante los años de su infancia y adolescencia, que sus compañeros de escuela la cargaran por su parecido con la chanchita de los Muppets. Esta chica admitía tener una especie de trauma por todas las cargadas recibidas, y Piggy era, sin dudas, una enemiga.

Eso me hizo pensar qué comparaciones con personajes de ficción me habían herido a mí, más allá de no haberse transformado en un trauma ni mucho menos. Y recordé que alguna vez me dijeron que me parecía a Shaggy, el flaquito amigo de Scooby Doo. Y que quienes allí estaban se rieron mucho con la comparación. Y que a mí no me gustó nada.

Sé que –TVR mediante– está bastante trillado el tema de los parecidos, pero se me ocurrió preguntarles a los lectores de este blog (y también a sus demás hacedores, por supuesto):

¿Qué parecido con un personaje de ficción les dolió alguna vez, o les sigue doliendo?

domingo, 20 de julio de 2008

Se vende Facu (buen estado, facilidades de pago)

"Estos son mis principios,
y si no le gustan, tengo otros"
(Groucho Marx)

Viene siendo un tiempo personal en que estoy vendiendo todos y cada uno de mis ideales. Vean de qué hablo:

Ejemplo 1:

*Facu, durante el último año: “Ni en pedo vuelvo a llamar a X. Está completamente loca. Es una histérica con la que no se puede disentir en nada. ¡Nunca más quiero saber de ella!”
*Facu, hace pocos días: “(ring, ring) Hola, ¿X? Quería saber cómo estabas… ¿no tenés ganas de que nos veamos?”

Ejemplo 2:

*Facu, durante toda su carrera de abogacía en la U.B.A.: “Yo nunca estudiaría en una universidad privada. En la U.B.A. la calidad del aprendizaje se debe a que los profesores no están obligados a aprobarte para que vos puedas seguir pagando la cuota. Si yo estudiara en una universidad privada y aprobara un examen, siempre me quedaría con la duda de si aprobé porque sabía o porque quieren que les siga pagando”.
*Facu, la semana pasada: “(ring, ring) –Universidad de Palermo, buenas tardes. –Sí, ¿qué tal? Estaba interesado inscribirme en el posgrado en derecho penal”.

Ejemplo 3:

*Facu, durante toda su adolescencia: “No entiendo qué es lo que le encuentran de divertido a ir a un boliche. Tenés que esperar como una hora para entrar, te empujan, te pisan, el volumen de la música no te deja escuchar lo que dice la persona que está al lado y tenés que andar sufriendo toda la noche la presencia de minas que nunca en la vida te van a dar bola”.
*Facu, ayer: “- Facu, ¿vamos a bailar a “El Bosque”? - ¡Buenísimo, vamos!”


Cambiar de opinión es una señal de que uno no está estancado en la misma clase de pensamiento y que estamos abiertos a admitir que no siempre tenemos razón.

Lo confieso: El parrafito de arriba es sólo una excusa para mitigar la sensación de culpa de traicionarse a sí mismo.

domingo, 6 de julio de 2008

No quiero ser un Superhéroe.

Soy de la generación que se crió, vivió y creyó en los superpoderes de: Auto Fantástico, Superman, La Mujer Maravilla, Batman, Meteoro (‘como lo adoraba…’), entre otros. Como era niña lo importante era creer en algo mágico para idolatrarlos, cuyo fin único era querer ser como ellos… ¿Quién no ha tenido el sueño de un día despertar y tener un superpoder, un don, una destreza…? Todos.
Hoy ya no. Fui percatando cada vez con más crudeza la desdichada vida de infortunios con las que hay que vivir si se es un “héroe”: historias teñidas de fracasos, dolor y sobretodo mucha soledad. Los superhéroes suelen denominarse como esos incomprendidos sociales, siempre al resguardo de ser descubiertos y que por ende tratan de ocultar su identidad casi constantemente; no pueden confiar en nadie, no se pueden comprometer, no pueden amar, no pueden soñar: sus sueños siempre estarán enlazados a los sueños de otros que no serán nunca propios sino ajenos, son prisioneros en sí de ese “don”.
Ejemplos sobran: Claire Bennet, la animadora de la serie dramática “Héroes”, quien sabe cuanto tendrá que escaparse para no ser encontrada por Sylar; Gatúbela, linda – histérica y desmerecida por un jefe autoritario quien la utiliza cotidianamente; El Hombre Araña: dramática historia la de Peter Parker, quien bajo el rostro de un mediocre periodista tendrá que posponer su proyecto de vida y el amor de Marie Jean en pos de salvar a New York de la delincuencia; nuestro adorado Murciélago: destinado a vivir en las tiemblas bajo una identidad oculta para resguardar a Ciudad Gótica de sus archienemigos; el tímido y torpe Clark Kent, quien en su ámbito laboral nadie jamás podría adjudicarles aptitudes ni habilidades de valentía y destreza a la hora de atacar al enemigo; los personajes de la serie Héroes quienes bajo la imponente premisa de ‘Salvar a la Humanidad’ comenzarán un camino de desventuras de las cuales no podrán deshacerse: Peter Petrelli (enfermero con habilidades múltiples –pudiendo a su vez absorber poderes ajenos- creció bajo sombra de su hermano mayor: Nathan), Hiro Nakamura (un oficinista japonés que puede romper la continuidad espacio-tiempo, y tele transportarse), Matt Parkman (ex-policía de Los Ángeles con la habilidad de escuchar los pensamientos de los demás, y a medida que se desarrolla la trama descubre que puede controlar los pensamientos ajenos); y la lista es interminable.

Una vida colmada de sacrificios es la opción irrefutable. ¿Cómo usar los superpoderes? Es la gran incógnita a resolver… Claro está que no siempre el camino más fácil es el que se encuentra exento de dolor; pero así y todo, nuestros “Archi Villanos” fueron súper héroes incomprendidos refugiados en el desden de la humanidad toda.
No por nada su amado tío expresó a Peter Parker minutos antes de morir: “…un gran poder implica una gran responsabilidad…” La entrega individual será la misión y la orden del día de “nuestros súper- archi- mega héroes”.
Prefiero ser normal.

domingo, 15 de junio de 2008

Moda Invernal Femenina

Yo puedo entender que la moda hace que muchas personas se vistan de modo parecido. Pero creo que las mujeres son más influenciables que los hombres a las indicaciones que el mercado hace sobre el vestuario que deben usar.

Se viene el invierno y las féminas comienzan a vestirse todas igualitas. A saber:

  • Campera con capucha de borde peludito. De cada 10 mujeres que llevan puesta una campera en la ciudad de Buenos Aires, 7 usan esos modelos. Parece que fuera obligatorio usarlas, como un uniforme escolar.
  • Jeans marca “Rapsodia”. ¿Qué extraño maleficio hace que los hombres no podamos mirarle tranquilos la cola a una dama sin que unas alitas horribles se interpongan en nuestra vista?
  • Botas largas. Y, por supuesto, el jean dentro de ellas.
  • Polainas. Son una suerte de medias horripilantes que se usan por fuera del pantalón, su combinación con las botas hace dar la idea de una pata de oso polar a la que sólo le faltan las pesuñas. Hay personas a las cuales las polainas les parecen lindas ¿Lindas?... ¡lindas mi polainas!

Este prototipo de vestimenta femenina invernal me recuerda lo mucho que me gustan las mujeres que no necesitan vestirse igual a la mayoría ¡Viva la individualidad!

martes, 6 de mayo de 2008

Mire atrás al bajar

1

Los idiomas suelen tener una serie de palabras llamadas deícticos. Son aquellas cuyos referentes y significados varían según las circunstancias en las que son pronunciadas. Son sobre todo adverbios de lugar y de tiempo y pronombres. Por ejemplo: acá, ahora, yo. Los términos delante y detrás, y sus variantes adelante y atrás, también son deícticos.

El que me interesa destacar ahora es el último de los mencionados, atrás, que significa “hacia la parte posterior”. Y me interesa destacarlo por una frase que me intriga desde hace dos décadas y media (desde que empecé a leer y a viajar en colectivo, digamos) y sobre la cual consulté en distintos momentos de mi vida y casi nunca nadie me respondió con certeza y convicción. La frase aparece en la puerta trasera de los colectivos y reza lo que el título de este post: Mire atrás al bajar.

2

Es decir: “Mire hacia la parte posterior al bajar”. Pero, ¿hacia la parte posterior de qué o de quién? La frase dispara otra pregunta: ¿cuándo es “al bajar”? ¿Durante todo el proceso de descenso? ¿En el momento preciso de despegarme del colectivo para poner pie en tierra firme? ¿Cuándo finalmente ya hube bajado? ¿En el momento inmediatamente anterior a la salida?

Son preguntas francamente intrigantes. Si uno va caminando por la calle y de pronto alguien le dice “mirá atrás”, uno lo que hace es darse vuelta. Entonces, ¿tengo que darme vuelta antes de bajar del colectivo y mirar a la persona que tengo detrás? ¿Es por si intenta robarme algo aprovechando de que lo descubriré recién cuando esté abajo y no podré reclamárselo? ¿O es que “al bajar” implica todo el proceso de descenso y tengo que salir del colectivo con el cuello rotado como una lechuza, o directamente caminando de espaldas? (Lo cual me dispara otro interrogante más: cuando uno camina de espaldas, ¿está mirando hacia atrás o hacia adelante?)

¿O es que “al bajar” implica el momento posterior (no es ilógico pensarlo, ya que los mensajes que nos piden que controlemos el vuelto “al recibirlo” quieren decir “en los instantes inmediatamente posteriores a recibirlo”), y uno debe descender del colectivo, poner los dos pies en tierra y, entonces sí, torcer el cuello y mirar atrás? Atrás de uno, por supuesto, donde está aún el colectivo. O donde estuvo hasta un segundo antes, si es que el colectivero arrancó raudamente. Salvo, desde luego, que uno cancheree bajando de costado, antes de que el colectivo haya frenado por completo, con lo cual mirar atrás implicará mirar la vereda por encima del hombro.

3

Todo esto por no hablar, por supuesto, de los numerosos riesgos que implica mirar atrás en el preciso momento de despegarse del colectivo para poner pie en tierra. Quien lo haya intentado sabrá que torcer el cuello en ese instante provoca una sensación de vértigo muy pronunciada, que puede venir acompañada de un mareo y, en el peor de los casos, de un tropezón que sea, también, caída. Otros riesgos que habrá corrido quien lo intentó son los de calcular mal el lugar de apoyo del pie (especialmente si el colectivero no es lo suficientemente atento o si uno debe bajar en zonas de veredas rotas o directamente ausentes) y meter el pie en un charco o en un pozo. Eso sí, quien haya atravesado tal experiencia se habrá sentido, por un segundo, Ronaldinho o Magic Jonson o alguno de esos jugadores que dan los pases mirando para otro lado y son tan pistolas. (Y todo esto por no entrar aun en más detalles, como cuál sería ese momento preciso en que uno se despega del colectivo para poner pie en tierra, distinguiendo entre los conservadores que no dejan de pisar el vehículo con un pie hasta que tienen el otro bien sostenido por el suelo y los arrojados que pegan un saltito, caen al vacío durante una fracción de segundo y luego retoman su bípeda andadura.)

En fin, que las palabras adelante y atrás son complejas. Con los libros suele pasar lo mismo. Imaginemos esta situación: uno está leyendo un libro que tiene en total 200 páginas y va por la página 100. Alguien se le acerca y le pregunta si va por un pasaje en particular, y el lector responde: “No, eso está más adelante”. ¿Qué quiso decir? Probablemente que aún no llegó a tal pasaje, es decir, que está en algún lugar entre las páginas 100 y 200. Sin embargo, al preguntársele por la parte de adelante de un libro, la respuesta se referirá a la tapa. Entonces, ¿cuál es la parte de delante de un libro? ¿Cuál es la parte de atrás?

4

Menciono, nobleza obliga, que hay quienes me dijeron que el mensaje Mire atrás al bajar se refiere al atrás del colectivo, y la idea sería que uno mire si por el hueco que queda entre el colectivo y la vereda no viene algún otro vehículo que pudiera embestirlo. La idea es absurda —como ustedes ya lo habrán razonado, queridos lectores— porque se supone que el colectivo siempre se estaciona bien pegado al cordón y que ningún vehículo, ni siquiera una bicicleta, sería tan imprudente de pasar por allí; pero sobre todo es absurda porque, de ser así, el mensaje no diría “mire atrás” sino “mire a la derecha al bajar”. Pero cumplo en mencionar esta remota posibilidad.

5

Si alguien tiene una respuesta mejor para darme, la espero con los brazos y el corazón abiertos de par en par.

sábado, 19 de abril de 2008

¡Salud! Para Quien Pueda

¿Quien no se ha quejado alguna vez del sistema de salud de nuestro país? Pues sí, todos.
Y no es que mis planteos levanten las banderas por la salud pública en Argentina, pero considero a su vez pertinente reconocer ciertos puntos.
Quienes tuvieron la oportunidad de ver la película “Sicko” del polémico cineasta Michael Moore podrán entender un poco a lo que refiero; y también podrán corroborar el lugar que ocupa la salud en el mundo “desarrollado” y anglosajón de los Estados Unidos de Norteamérica donde el sistema sanitario es básicamente privado, lo cual significa que el acceso a la salud es para unos pocos, solo para aquellos que puedan afiliarse a un “seguro social privado” (seguro social que según vastas experiencias no responde completamente las demandas de un paciente tipo).
Las obras sociales se configuran como mega empresas cuyos capitales se abultan significativamente, y simplemente porque la salud es concebida como un bien de mercado, algo que se puede comprar y sostener si la situación económica así lo acredita. Pero esto no es todo, quienes acceden a servicios sanitarios privados también manifiestan insatisfacciones acerca de cómo éste funciona y la limitada cobertura que posee (obviamente el factor discriminación condimenta el panorama).
No es que Argentina tenga que dar cátedra al respecto, pero más allá de todo, la salud pública sigue manteniéndose presente, y no precisamente porque los gobiernos de turno así lo requieran, sino porque infinidad de profesionales sostienen estos espacios en pos de la comunidad para quienes “trabajan”, digo trabajan entre comillas porque no son empleados que reciban una remuneración justa, un aporte jubilatorio u obra social sino porque en su mayoría son puestos transitorios solapados bajo el título de “becas profesionales” (capacitaciones de posgrado, pasantías, concurrencias, residencias, reemplazos de guardia, etc.), en fin: trabajo en negro sostenido por el mismo Estado que denuncia tales prácticas como ilegales.
Después de ver el film “Sicko” pude realmente valorar un poco más la oportunidad de poder asistir a un Hospital Público ante una emergencia médica, o ir al Centro de Salud a colocarse gratuitamente una vacuna. Esto, aunque no podamos creerlo, en EE. UU es imposible, no existe, no solo porque tienen el peor Sistema de APS (atención primaria para la salud) del Planeta, sino porque no figura en la agenda del gobierno.
Quienes luchan por la salud para todos, luchan porque tales espacios en nuestro país no desaparezcan; son precarios: cierto, pero existen y día a día luchan para seguir existiendo.
En un país que aspira a ideales netamente capitalistas, es compresible la anulación del acceso a la salud y la educación pública, procurando que sus pobladores se pasen toda la vida ahorrando: para atender una enfermedad inoportuna o para que sus hijos puedan ir a la universidad.
Sicko muestra tales atrocidades en un documental al estilo de Moore: polémico, sarcástico y provocador.

lunes, 14 de abril de 2008

Buena Suerte y Hasta Luego

Gran parte de los aspectos de la vida que consideramos más relevantes no dependen de nuestros méritos.

Ser lindo o no de acuerdo al estereotipo de la sociedad en la que se vive es una realidad meramente azarosa.

Quien nace en una familia económicamente acomodada, por ejemplo, tiene solucionados buena dosis de los problemas que aquejan a muchos. Irá a un buen colegio, tendrá recursos para hacer frente a las contingencias de su salud, trabajará en la empresa de su padre sin necesidad de tener que esforzarse para conseguir un empleo como tantos otros, viajará a su trabajo en su auto sin comprender por qué la gente se queja del transporte público y se casará con alguien que haya tenido una vida más o menos similar. En ese contexto, escuchará los lamentos de los que luchan todos los días para conseguir lo que él obtuvo regalado y dirá “No entiendo cómo dicen que la vida es difícil” o, peor aún, “A la suerte hay que ayudarla” (frase, esta última, que suelen decir solamente personas afortunadas).

No estoy diciendo que no hay nada que los menos afortunados podamos hacer. Es nuestro deber seguir remando contra el destino, aunque más no sea como forma de protestar contra una realidad que parece burlarse de nosotros.

Por eso, desde mi más hondo despecho digo: “Realidad, ¿por qué no te vas un poquito al fondo del baño al que María le sacó fotos un par de posts atrás?”.

¡Cuánta razón tiene Woody Allen en Match Point!:


jueves, 10 de abril de 2008

Vidrios espejados

En algunas estaciones de tren las ventanillas de la boletería están cubiertas por un enrejado metálico y un vidrio espejado; queda apenas el resquicio en la parte inferior a través del cual se cumple el cometido de intercambiar dinero por boletos.

Es difícil explicar la sensación de incertidumbre que genera, para quien va a sacar el pasaje, no ver hacia adentro. No por algún interés particular en verle la cara al empleado del ferrocarril, sino simplemente por la imposibilidad de ver si hay alguien. Se dice con frecuencia que peor que el odio es el olvido, o la indiferencia. Cuando uno se para frente al espejo y se dispone a decir el lugar de destino, ineludiblemente aparece el temor de no ser escuchado, de sentirse hablando solo, de que lo den a uno por loco o que uno mismo comience a desconfiar de su raciocinio. Sin embargo, el abnegado viajante pronuncia de todos modos las escuetas palabras, que en general se reducen al nombre de una estación (“La Plata”, “Constitución”, “Bernal”) y eventualmente a un parámetro de la previsibilidad del futuro (“ida” o “ida y vuelta”), no sin que una suerte de adrenalina le recorra el cuerpo.

Después llega el peor momento, esos infaustos instantes posteriores en que aguardamos la respuesta. Alguna respuesta. Si la llegada de ésta se demora un segundo más de lo habitual, aparece la angustia, un sentimiento de soledad metafísica sólo capaz de remediarse con la contestación a nuestra solicitud. Dicha respuesta consiste las más de las veces en la aparición del boleto, reluciente la tinta sobre el papelito miserable, a través del hangar invertido en la parte inferior de la ventanilla; o, en algunas ocasiones, una voz impersonal que pregunta: “¿Sí?”, es decir que no nos escuchó, es decir que se había alejado como quien se aleja de la parada cuando el colectivo no viene y luego vuelve corriendo presuroso por el miedo a perderlo, es decir que contribuyó para que nos sintamos un poco más solos o más desquiciados.

Pero no es ese procedimiento (después de todo, normal) lo más inquietante. Algunos vecinos de las estaciones me contaron sus sospechas, que promovieron estas líneas.

¿Son personas, seres humanos de carne y hueso, los que están detrás del espejo?

Descartes nos diría que sí, pues así como la razón le permitía inferir que debajo de los paraguas y los pilotos que él veía por la ventana en las calles de París había personas, también nos permite a nosotros saber que detrás de los boletos, de algún dedo que asoma de vez en cuando o de la voz, esa impersonal voz que a veces se escucha, hay personas. Pero se cuenta en los parajes lindantes a esas estaciones que hay quien ha aportado pruebas de que nadie vio nunca entrar y salir a persona alguna de las casillas de las boleterías.

Las otras posibilidades son:

1) Que se trate de un dispositivo mecánico provisto de un micrófono que capte la voz del viajante, un cerebro electrónico que decodifique los datos y ordene imprimir el ticket correspondiente, y un sistema robótico que articule el par de manos que se encarga del expendio del boleto, de tomar el dinero en concepto del pago y de la entrega del vuelto (previo cálculo de la diferencia, que el mentado cerebro ejecuta con los datos aportados por un lector óptico o escáner).

2) Que haya simplemente un par de manos, solamente un par de manos, con la capacidad suficiente para realizar las tareas correspondientes, las cuales no son, por cierto, un alarde de dificultad. Para sostener esta hipótesis, nadie ha proporcionado una solución ante el surgimiento de voces.

3) Que quien se encarga de los mencionados oficios sea, sin más vueltas, un fantasma. O varios. Conocida es la habilidad de los espectros para engañar a los sentidos humanos con el método de manifestarse en pequeñas dosis. Incluso hay quienes creyeron identificar en la estación Zeballos al alma de don Rogelio, viejo vecino de la zona que ejerció la función de la boletería hasta el día que se murió, poco tiempo antes de la privatización y de que la ventanilla fuera abominablemente sepultada.

No hay, por el momento, mayores pistas para determinar el grado de probabilidad de cada una. Admito no haberme atrevido nunca a permanecer en la estación hasta que las ventanillas se cerraran, tapiadas por persianas metálicas.

Pero hay una posibilidad aun más atroz.

Quizás sea el futuro de todas las ventanillas de boleterías verse cubiertas de vidrios espejados, tal vez éstos alcancen luego todas las ventanillas de oficinas públicas y de bancos y de correos y más tarde la atención al público toda. Quizás el mundo se transforme en una gigantesca cámara Gessell, un pascaliano y perfecto panóptico cuyo centro esté en todas partes y cuya circunferencia en ninguna, un auténtico Gran Hermano con miles de seres subordinados que nos observarán desde detrás de los espejos. Quizás en el futuro las paredes, literalmente, oigan, y las cámaras ocultas no dejen rincón sin invadir, y no podamos vivir ninguna situación por fuera de lo normal sin pensar que estamos siendo víctimas de un sketch planificado por otros.

Pero aun si supiésemos que es ése nuestro destino ineluctable, no debiéramos desanimarnos. Porque -como me mostró hace tiempo un ilusionista amigo- inclusive en el caso más extremo, en el que un individuo es engañado por todos los demás, como en la película The Truman Show, es ese individuo el que vive su vida libremente y todos los demás los que subordinan su existencia a ese sujeto. ¿Alguien querrá discutir el adverbio “libremente” que utilicé en la oración anterior? Que arroje la primera piedra.

Mientras tanto, continuaremos sintiendo incertidumbre y angustia, adrenalina y soledad cada vez que pidamos el boleto en algunas estaciones.

Dios nos libre de estar nunca detrás de un vidrio espejado.